Con el mas sutil y tierno de los gestos me dijo todo aquello que nunca se atrevió a decir con su boca, su cuerpo me enseño todos esos detalles extraños que siempre quiso esconder pero que a final de cuentas, nuca pudo. Tome su mano y la sostuve por un instante, la reconforte y la ame, la puse cerca de mi pecho y me despedí de ella.
“Bang bang bang, hojas muertas que caen”, tres disparos habrían de ser suficientes, su cuerpo cayó súbitamente, manchando la alfombra de sangre, desordenando toda la alcoba, creando un cuadro horroroso, un esperpento irremediable, entropía hermosa. Y las sabanas blancas, llenas ahora de entrañas fueron el recuerdo de un pasado precioso, un tiempo idílico que nunca existió y que nunca habrá de existir, como la tierra de Moro, como la fantasía de Marx...