Tarde tras tarde
asisto quejumbroso a una infinitud de funerales.
Noche tras noche
velo amargo ante los cajones de roble,
los sirios trémulos cantan pálidos mis tristezas.
No despunta el alba,
mortajas taciturnas como lobos montunos
sospechan ante la luz de mis mañanas.
Mis silencios calmos, antiguas sonrisas,
ahora ávidos gusanos,
desparecen en la tierra.
Tras el brindis mortecino,
sin la muerte de compañera,
el susurro memorioso desaparece en las montañas.
Ay de mis silencios yertos,
hoy la apática soledad me conmueve.
No comments:
Post a Comment